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Tocando la Puerta del Cielo

Hacía mucho calor, como todos los días en esa época. Esa mañana Alicia y yo nos levantamos temprano, desayunamos algo, seguramente un café y tostadas con crema de maní, ella, y un yogur con muesli, avena y alguna fruta, yo. Agarramos los cascos, y, antes de subir a la moto, colocamos en el GPS del celular: Lempuyang Temple. Teníamos un poco más de media hora de ruta, así que nos acomodamos, yo al volante y Alicia atrás.

Pasamos por algunos pueblitos y campos de arroz, mientras paulatinamente íbamos subiendo la montaña. En un momento nos tuvimos que desviar de la ruta, entrando en las callecitas de una pequeña población que crecía al costado de la montaña. Ese día había bastante movimiento y, a lo largo del camino, cruzamos varios camiones que llevaban decenas de balineses vestidos de fiesta.

El último kilómetro hasta nuestro destino fue bastante difícil. La fiel pero gastada moto de alquiler hacía su mejor esfuerzo para subir la marcada pendiente en el camino zigzagueante hasta la base del templo.

Cuando por fin llegamos nos adelantamos un poco de la entrada para estacionar entre los varios autos y scooters que había en el lugar. Parecía un día ajetreado para los empleados del templo, quienes recibían a turistas dándoles variadas instrucciones, y dejaban pasar a los locales apurados por entrar.

Como en todos los templos de Bali, tanto mujeres como hombres debían llevar puesto un “sarong” para taparse las piernas. Yo me había llevado el mío y Alicia pudo alquilar uno ahí mismo. Sin embargo, también debíamos cubrirnos los hombros, y como yo iba con una musculosa, me dieron, junto con el pago de la entrada, un chal bordó liso.

También nos preguntaron si íbamos sólo a sacarnos la foto, o también queríamos subir hasta el Templo Lempuyang, que quedaba en lo alto de la montaña. En el camino hasta la cima había otros templos que también se podían visitar, y todo el recorrido duraba unas cuatro horas, según la mujer balinesa que nos recibió muy amablemente en la entrada. Por suerte las dos coincidimos en hacer todo el trayecto: estábamos ahí para conocer lo máximo posible.

Escaleras del otro lado de La Puerta del Cielo

Cruzamos la entrada y comenzamos a subir una cuesta asfaltada. Después de unos 200 metros, sobre la izquierda, divisamos un pequeño portal donde un joven, ya aburrido, repetía a cada visitante, en inglés: –Para sacarse la foto necesitan un número-. Agarramos el número y entramos. Justo en ese momento un grupo de chicas que se estaban yendo se acercaron a nosotras: -Ya nos sacamos la foto, tomen nuestro número– Sin entender demasiado por qué y cómo tenían ese turno de más, lo aceptamos y nos acercamos al lugar.

Todos los que se encontraban ahí eran extranjeros. Había dos plataformas a cada lado, las cuales estaban techadas y eran bien aprovechadas por los pacientes turistas que esperaban su turno cubriéndose del sol abrasador de la mañana.

Entre medio de esas plataformas, un par de balineses, bajo una sombrilla, sacaban fotos a los modelos que posaban al borde de la ladera, en medio del portal principal de entrada al templo, la famosa “Puerta al cielo” o Heaven’s Gate.

Nos acercamos un poco y escuchamos a uno de ellos gritar el número siguiente. ¡Faltaban como 30 números para el nuestro! Yo dudé por un momento si valía la pena la espera. Al ritmo que iba la fila debíamos esperar por lo menos una media hora. Alicia estaba decidida a sacarse la foto, y alegaba que gracias al número que nos habían dado esas heroínas anónimas sólo debíamos esperar 30 números y no 90 (sí, hubiéramos tenido que esperar  NOVENTA números).

Nos llamaron a los 45 minutos, luego de haber pasado el tiempo de espera posando para la cámara del otro extremo de la famosa puerta, donde había tres hermosas escaleras con estatuas balinesas de dioses y demonios, talladas en forma de dragón.

Alicia fue la primera en entrar a la Puerta al Cielo. A las corridas le saqué algunas fotos y ella después me sacó a mí. Como había tanta gente, los jefes de la puerta no te daban demasiado tiempo para ponerte cómoda y encontrar el ángulo ideal.

Las dos ignorábamos que el efecto espejo que tienen muchas fotos estaba hecho con un espejito por debajo del lente de la cámara, y no utilizamos esa técnica. Aún así las fotos quedaron hermosas y honestamente el paisaje que hay detrás es bellísimo.

Antes de salir, para continuar con la cadena de favores, le entregamos nuestro número a una pareja afortunada que recién llegaba al lugar. Afuera había varios puestos con algunos snacks y chucherías. Comimos algo rápido, compramos agua para no deshidratarnos en el recorrido que nos esperaba y arrancamos la subida.

Caminamos bajo el sol cuesta arriba un buen rato. Hacía mucho calor y la pequeña calle asfaltada ardía bajo nuestros pies. Me arrepentí de haber ido en ojotas, mientras me repetía lo tonta que había sido y cuidaba de no tocar el suelo con ninguna parte de mi pie, que quemaba al mínimo contacto. 

De vez en cuando pasaba una moto ofreciéndo llevarnos a cambio de plata. La rechazamos una y otra vez. Pronto llegaríamos al primer templo, no podía estar tan lejos.

El camino asfaltado terminó cuando llegamos a un espacio lleno de scooters, dejadas al azar por los fieles balineses que habían ido a rezar. A la derecha el sendero se estrechaba y comenzaban las escaleras y la selva montañosa. También había unos puestos donde vendían snacks y bebidas a los transeúntes. Paramos un minuto a tomar un poco de agua y seguimos la marcha.

A unos metros había un pequeño templo donde varias personas meditaban guiados por una especie de maestro de ceremonia, que los sahumaba y les tiraba agua mientras ellos, concentrados en su rezo, reposaban de rodillas en el suelo.

Observamos un rato el ritual y enseguida continuamos el camino en medio de árboles frondosos y pájaros escurridizos. Durante todo el trayecto subíamos y bajábamos escaleras, algunas hechas de piedra y otras en madera, las que de a poco habían sido invadidas por la naturaleza, entre hojas y raíces.

No tan lejos del primer templo nos encontramos con un segundo, un poco más grande y más poblado, donde se realizaba el mismo tipo de acto religioso.

Al subir un poco más la montaña llegamos a otro lugar donde sí había fiesta. Cientos de balineses subían una escalera larga, decorada con cintas y paraguas de vivos colores, y se adentraban en un templo escondido en las alturas, del cual salía una música estridente.

Subimos despacio, entre miradas curiosas de los fieles, quienes parecían no haber visto un extranjero en su vida. Un poco dubitativas pero con mucha curiosidad nos quedamos a un costado de la entrada, sin saber si estábamos autorizadas a entrar donde claramente se llevaba a cabo una ceremonia. Después de unos minutos, un balinés se nos acercó balbuceando algunas palabras en inglés y nos invitó a pasar y mirar lo que estaba ocurriendo.

Paquetes de ofrendas

Éramos las únicas que no sabíamos realmente de qué se trataba todo eso. En un sector bajo techo estaba la orquesta, que tocaba algunos instrumentos extraños para nosotras, como xilofones, platillos y otros, hechos de metal y madera. Al lado había un gran espacio vacío, al cual todos miraban expectantes. Enfrente, en una escalera, se iba acumulando gente que llevaba sus ofrendas a la parte principal del templo que quedaba más arriba, y dónde ya no cabía ni un alfiler. Allí daban las ofrendas y hacían sus rezos. Por donde miraras algo estaba ocurriendo y no nos daban los ojos para observar toda esa novedad que teníamos enfrente.

El Gamelán (orquesta)

Estuvimos unos cuantos minutos embelesadas con el paisaje, y de repente se hizo el silencio. Aparecieron en escena tres personajes disfrazados con máscaras y una bailarina. La gente se empezó a acercar al lugar y la orquesta comenzó a tocar de nuevo, esta vez a un ritmo más vigoroso. Los actores llevaban grandes máscaras que cubrían su cara, las cuales tenían expresiones bien marcadas y un poco siniestras. También tenían puesto un traje bordado en varios colores que cubría la mitad de su cuerpo y unos pantalones blancos con más bordados en los puños. 

Cada tanto los músicos hacían una pausa y los actores encarnaban su papel, hablando sin parar en un idioma para nosotras indescifrable y colocando cosas en una especie de cesto que tenían delante. Detrás la mujer bailaba una danza balinesa, acompañando el ritmo de la orquesta y las palabras de los actores.

Según nos explicaron brevemente cuando terminó el acto, los disfraces representaban a los demonios que hacían ofrendas a los dioses y discutían entre sí para ver cuál era el mejor.

Así como la obra era observada por todos, nosotras también nos llevábamos buena parte de las miradas. Con un look bien turista, blanquitas con cámara en mano y celular, destacábamos entre los coquetos balineses vestidos de gala. Algunos se acercaban y nos pedían una foto con ellos, mientras que otros solo nos miraban sin disimulo.

Después de esta hermosa experiencia, inolvidable para nosotras, seguimos nuestro camino rumbo a la cima donde estaba el verdadero Templo Lempuyang. 

En ese momento las escaleras arriba se hicieron presentes para nunca más desaparecer. Cada vez que doblábamos en una esquina o llegábamos a un final de pasillo, veíamos más y más escalones que subían interminablemente. La vegetación se hacía cada vez más tupida y los monos no tardaron en aparecer. 

Decenas de monos se encontraban sobre y al lado del camino. Sentados, descansando, jugando, peleando o robando comida de basureros o restos que había por ahí, los pequeños animales habían tomado el sendero como propio. Nosotras ibamos cuidadosas de no llamar demasiado la atención y no dar muestras de tener alimentos, pues los monos eran capaces de dar un salto y robarte lo que fuera.

Cada tanto pasaba un grupo de fieles con cajas y cestas en sus cabezas y subían apurados, alentándonos en nuestro camino pausado. Bueno, a decir verdad no todos estaban más en forma que nosotras, pero sí se sorprendían al vernos escalando cada peldaño: para ellos era una forma de agradecimiento a sus dioses por cumplir sus pedidos, era una promesa y obligación. No nos dimos por vencidas y continuamos la subida. 

Cuando menos lo esperamos vimos una pared donde una inscripción marcaba el final de nuestro trayecto: Pura Lempuyang Luhur. ¡Habíamos llegado! Luego de más de 3 horas de caminata en total, nos sentíamos felices por haber logrado nuestra meta. 

Subimos hasta un lugar donde había puestos con agua y otras bebidas y nos sentamos un rato sobre un escalón a descansar. Los monos estaban alterados y se peleaban por la comida que habían dejado los visitantes en los basureros, así que nos tuvimos que alejar un poco. Poco a poco inspeccionamos el lugar. 

Era un templo chiquito, no tan impresionante como otros que ya habíamos visto, pero este también estaba lleno de balineses rezando y haciendo ofrendas. Aquí no había actuación ni orquesta y, tan pronto como llegamos, la gente empezó a salir de la zona sagrada (prohibida para los no hinduístas) y a descender por el camino empinado. A los pocos minutos el lugar se vació y nosotras decidimos emprender la vuelta. 

La bajada fue más rápida y fácil, pero nuestras piernas ya se quejaban del esfuerzo exigido durante todo el día. Algunos balineses que habían concluído con su jornada religiosa y descansaban en el camino, nos felicitaron y alentaron para terminar nuestra excursión.

Una vez que llegamos a la base del templo, nos sentamos un rato a mirar el increíble volcán Agung que se imponía simple y majestuoso frente a nosotras. Antes de subirnos a nuestra scooter de vuelta a casa, repasé mentalmente el día vivido. Lo recordaría por siempre.

La vista del volcán Agung

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