Australia,  Viajes

¿Le tenés miedo a los “bichos”?

Entonces leé este post. Pero no mires las fotos.

Cuando me fui a Australia algunas personas me decían que tenía que tener cuidado con los bichos. “Los bichos” también se refería a tiburones, serpientes, cocodrilos, peces venenosos y muchos otros animalitos mortíferos que te podés encontrar en esas tierras. Pero yo la verdad no le daba mucha bola.

Cuando llegué allá, una de las primeras cosas que aprendí fue que si veía una araña negra con una manchita roja, corriera. Cuando llegué a la isla donde viví cuatro meses, también me dijeron con toda naturalidad y orgullo que ahí no había serpientes y, por lo tanto, podía correr libremente por los pastizales.

Mi primer encuentro con un arácnido de buen tamaño fue ahí. En un rincón entre unas paredes, una ocupada madre tejía hilo para guardar y cuidar a sus futuros bebés. No voy a negar que me dio bastante impresión. Pero en ese momento aprendí una de las mayores lecciones que me dejó Australia. En lugar de matar a la pobre bestia, la agarraron con un palo y la llevaron a un lugar más alejado. Ella solía volver a la zona habitada, y como podía ser peligroso y no demasiado agradable para los turistas, la volvían a trasladar.

Así era con cada bichito que había en la isla (salvo los ratones, pero eso quedará para otra historia). Los cuidaban, sabiendo que ese espacio era de ellos y no nuestro, aunque lo ocupáramos. Cuando hacíamos limpiezas con productos químicos, siempre tirábamos el agua en desagües y no en la tierra o en la arena, porque podía afectar a animales y plantas. La conciencia ambiental era muy alta y siempre se trataba de producir el menor impacto.

Ya entrando el verano, sin embargo, las moscas empezaron a invadir todo. Y cuando digo todo, lo digo realmente. No sólo invadían los espacios, sino también tu privacidad. Su lugar favorito para posarse era la boca y los ojos (sí, adentro), o, cuando estos estaban cubiertos, la nariz. Ahí también descubrí que las películas australianas que muestran a los hombres en el desierto con moscas en la cara son totalmente naturales y verídicas. Después de un tiempo te acostumbrás a que te rodeen todo el cuerpo y la cara, pero aun así, sigue siendo muy molesto. No es extraño ver personas con bolsas de red en la cara, así que no te preocupes si lo hacés, no es una moda rara.

Otra cosa que aprendí en la isla fue a no tocar ningún animal, y sobre todo marino. Decí que yo y mi amiga tuvimos suerte de no toparnos con algo peligroso y que nos lastimara. Bueno, casi pisamos unas rayas venenosas, pero bien ignorantes no sabíamos que esas rayas picaban, y feo. Por suerte nuestra historia es feliz y no pasó nada (nos asustamos más nosotras que ellas). También supe, un poco más tarde, que no tenía que caminar descalza entre las rocas donde queda un poco de agua, porque existe un pez llamado ‘stone fish’ o pez piedra, que se camufla en forma de piedra (¡no me digas!) y si lo pisás te mete un veneno que te cagas (muriendo), diría un español. Así que ya saben, agreguenlo a la lista de cosas que te pueden matar en Australia.

Volviendo al tema insectos, el repertorio es mayor en las zonas tropicales, como Queensland. La humedad que hay es el paraíso para los mosquitos, que se alimentaron bien de mí cuando estuve por ahí. Pero más allá de eso, si no te metés en la misma selva no es tan común encontrarte con otros bichos. O por ahí yo tuve suerte, quién sabe.

Lo que sí ví son varios tipos de arañas, pero nunca me encontré con la mortal. Por las dudas, igualmente, nunca toqué NADA. La más grande que me crucé fue en una habitación en Darwin, y la tuve que sacar yo con un cartón porque los demás no se animaban. La metí en una caja, corrí afuera como si tuviera una bomba en las manos, y dejé la caja en la calle para nunca más volver. 

Aun así, los insectos, arañas y todo tipo de animales me generan mucha curiosidad y me encanta observarlos y fotografiarlos (obviemos a las cucarachas). Para mí son como un mundo aparte, totalmente desconocido, y me gusta imaginarme cómo será un día de sus cortas y pequeñas vidas.

Un día de trabajo en la vida de una mantis.

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