Indonesia,  Viajes

Amed, arena negra y corales

Amed te va a gustar– me dijo con ese acento francés inconfundible. Después que Sandro nombrara decenas de lugares y me indicara en el mapa de Indonesia los que tenía que visitar sí o sí, mi mente seguía tratando de sabotear mi plan de pisar sola por primera vez Asia. Estaba en Cairns, mi anteúltima parada en Australia, y llevaba casi un mes en ese hostel que ya había adoptado como hogar. Me costaba mucho tomar la decisión de irme, y mucho más saber adónde.

Dos semanas después llegaba al aeropuerto de Denpasar en Bali, sin ningún plan fijo y con la adrenalina de conocer un nuevo país. 

Los primeros días me sentía fuera de lugar. Todos parecían saber a dónde ir y qué hacer: grupos de amigos tomando una cerveza en los innumerables barcitos frente a la playa, parejas paseando agarradas de la mano por la orilla del mar, otros probando suerte con el surf en el mar embravecido. Hasta los perros callejeros tenían su día programado, mendigando comida entre la gente. Yo me sentía sapo de otro pozo. No sé por qué estoy acá – confesé a una amiga por Whatsapp. 

Tratando de salir de esa incomodidad, al par de días me tomé una moto-taxi hasta Ubud. Durante el trayecto me volvió el alma al cuerpo. Sentí al viento golpear suavemente mi cara mientras veía los arrozales al costado de la ruta, entre casitas humildes y gente local que iba y venía haciendo sus tareas diarias. Esa motito me acercaba más a la cultura del lugar. 

Lamentablemente ese éxtasis duró poco, ya que al llegar a Ubud me encontré con una puesta en escena para un público común: caminar cinco metros sin escuchar taxi taxi era impensado, y encontrar un restaurant de comida local (la verdadera) se hacía difícil entre las pizzas, hamburguesas, pastas y fish and chips que ofrecían en todos lados. No sé por qué no me sorprendió encontrar un restaurante argentino promocionando el mejor asado del país. Luego de unos días descubrí los warung locales vegetarianos que me fascinaron.

Ese día me encontraba con Kevin, the italian guy, como lo llamábamos en Australia. Compartir un poquito la indignación y charlar sobre nuestro reciente pasado e inminente futuro, me hizo olvidar esa incomodidad de los primeros días. 

En el hostel todos hablaban de sus próximos destinos vacacionales: las islas Gili tres días, dos noches en Nusa Penida, cuatro en Uluwatu. A mi se me vino a la cabeza Amed. Al día siguiente alquilamos una moto y salimos a visitar algunos templos y cascadas. – Creo que me voy a Amed – respondí a Kevin después de que me preguntara qué rumbo iba a tomar.

Amed

Amed me recibió calma y solitaria, luego de esquivar a los numerosos taxistas, curiosos por saber dónde me iba a alojar. Decidí ir a la playa enfrente del hostel “Black Sand”, donde dejé mis cosas esa mañana tranquila. Aún advertida por el nombre del hostel, me sorprendió ver la arena negra como azabache pegándose a mi piel demasiado blanca para una viajera en su primer aniversario fuera de casa. Hacía justo un año que había dejado Argentina y aterrizado en Australia.

La playa estaba desierta, lo que me llevó a preguntarme si habría algún problema con que me diera un baño en el mar (recuerden que venía de estar un año en Australia, donde cualquier cosa te puede matar). A lo largo de toda la orilla había pequeños warungs y restaurantes con sus mesitas de madera sobre la arena y algunas sillas y sillones desparramados por ahí, totalmente vacíos. El sol calentaba la oscura arena y espantaba a la gente, que seguramente estaría durmiendo una siesta o disfrutando de la pileta de su hotel. 

Me quedé tirada sobre el pareo un buen rato hasta que decidí refrescarme un poco en el mar. Más adentro se veían algunos barquitos de madera pesqueros, con uno o dos tripulantes, casi su capacidad máxima. Varias decenas de esos mismos barcos, con sus velas enrolladas, reposaban al lado del mar esperando a que sus dueños los llevaran una vez más a dar un paseo sobre el agua. Todo estaba en silencio y en su lugar; la rutina del pueblo se respetaba a rajatabla. Esta energía me gustó, sentí que estaba donde debía. 

De vuelta en el hostel, Marie me sonrió al saludarla, intercambiamos algunas palabras y me invitó a ir a cenar a un restaurancito local. Ella acababa de terminar el curso de buceo y estaba feliz y exhausta. -Lo tenés que hacer, te va a encantar- me dijo. -Hacelo con la agencia con la que lo hice yo, es lo más barato y los instructores son divinos y muy profesionales-. 

El instinto argento me planteaba una duda con respecto a lo más barato, pero fui a averiguar igual. Me dieron la misma información que Marie, y les pedí un tiempo para pensar. Por esas casualidades no tan casuales, a la tarde me escribió un amigo alemán preguntándome cómo andaba. Resultó que él también había hecho el curso avanzado en el mismo club. -Listo- decidí, -Me anoto-.

El volcán Agung da el marco perfecto a la playa de Amed

Mi primer experiencia bajo el agua

A los dos días salía en bus para el pueblo vecino, Tulamben, donde estaba el club de buceo, un poco ansiosa, otro poco nerviosa. El lugar y ambiente de Dive Concepts eran exactamente como me había contado Marie. Todos felices de hacer su trabajo, un ambiente juvenil y muy amigable. –Bonjour!– me decían todos. No era la primera vez que la gente me tomaba por francesa. –Bonjour! Ca va?– respondía. Mi año vivido en Francia era muy útil en estas ocasiones, tan útil que terminé haciendo el curso de buceo en francés. 

Mi compañera de buceo, Colette, era una belga de unos 50 años y tenía ya varias inmersiones, pero tras haber tenido una mala experiencia en Egipto, le había tomado bastante miedo. Yo, básicamente por ignorante, no tenía ninguna expectativa, ni sabía muy bien qué me esperaba. 

Así fuimos las dos junto a nuestro instructor, Kevin, a nuestro primer día del curso de buceo, en una pileta. Luego de colocarnos el equipo como correspondía, nos metimos al agua con nuestros chalecos inflados y nuestros corazones palpitando. El regulador en la boca para poder respirar, y tres, dos, uno, a desinflar. Nos fuimos hundiendo despacito hasta quedar sumergidas. 

Al principio tuve una sensación fea, como si el aire que respiraba por la boca no fuese suficiente. Los nervios y la ansiedad jugaban en contra, y cuando le dejé de prestar atención y mantuve un ritmo al tomar aire y largarlo, todo mejoró. Allí tuvimos que hacer ejercicios que Kevin nos había explicado de antemano, y como era de esperar, nos reímos mucho. Al mediodía ya habíamos pasado todas las pruebas y nos tomamos un descanso almorzando en el club. A la tarde iríamos directamente al mar.

Ya con todo el equipo encima fuimos caminando lentamente y con cuidado hacia el mar. Las piedras que había en la orilla, en lugar de arena, lo hacían un poco más complicado. Una vez adentro, y de cara a la orilla, nos pusimos las patas de rana (aletas) y nos adentramos un poco más. Tres, dos, uno.. abajo. Buscamos un lugar con un fondo de arena regular y nos pusimos a hacer los ejercicios nuevamente. 

Mientras todo ocurría yo miraba a mi alrededor fascinada. Me sentía una intrusa en un mundo donde todo flotaba y se movía al compás de la marea. Observaba a los peces pasearse muy cómodos y tranquilos, yendo a algún lugar que ya conocían dentro de ese vasto universo mojado. Yo ya me había desorientado, y de la única forma que hubiera conseguido volver a la orilla sin ayuda del instructor, hubiera sido subiendo hasta la superficie y divisándola. 

Otra cosa que me llamó la atención y disfruté fue el firme silencio bajo el agua. Si bien podía escuchar mi propia respiración y las burbujas que liberaba al exhalar, este sonido se desvanecía y se volvía natural al observar que fuera de él todo estaba en perfecta armonía sin ningún ruido extraño ni exótico.

Al principio fue un poco difícil mantener el flote constante sin hundirme o subir hacia la superficie, y cada dos por tres terminaba aterrizando en el fondo. De a poco pude mejorar la técnica y el flote se volvió algo divertido y casi mágico. A veces me olvidaba que estaba bajo el agua al quedarme absorta mirando todos los corales, peces y cualquier cosa que llamara mi atención. Colette seguía de cerca a Kevin, mientras que yo distraída iba atrás de algún pececito que se me cruzara. Hacíamos un gran equipo.

Esa noche la volví a ver a Marie, y le agradecí que me hubiera alentado a hacer el curso. La felicidad que tenía era genuina y sentía que había descubierto un mundo nuevo. Me fui a dormir exhausta pero feliz, sabiendo que mi aventura submarina continuaría más allá de estos días.

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