Australia,  Viajes

Cómo conseguí mi primer trabajo en Australia

La isla donde trabajé 4 meses

Una vez llegada a Melbourne, habiendo hecho todo el papelerío correspondiente y ya un poco más adaptada al cambio de horario (que fue realmente matador), tomamos un avión con mi compañera de viaje, Nadia, y nos fuimos a Perth.

El plan original era hacer de entrada los tres meses de hospitality (turismo), si era posible, para después estar libres de viajar y trabajar en otros lugares de Australia. Ya en Argentina nuestra decisión había sido de ir al norte de Western Australia, pasando el Trópico de Capricornio. 

¿Por qué elegimos Western Australia? El oeste de Australia es una zona menos poblada, más desértica y mucho menos frecuentada por mochileros (si querés conocer cada estado australiano leé este post), con lo cual supusimos sería más fácil encontrar un trabajo en poco tiempo, y no nos equivocamos.

Antes de irnos de Melbourne nos fijamos qué opciones había para transportarnos desde Perth a un pequeño pueblo balneario, Coral Bay, el primero pasando el trópico, donde empezaríamos a tirar curriculums. Las opciones eran casi nulas: solo había un colectivo que pasaba por cada pueblo a lo largo de la ruta, a un precio exorbitante para nosotras recién llegadas ¿Qué otra cosa podíamos hacer? 

Buscamos las famosas “relocation”, camionetas o vans que deben ser trasladadas a otra ciudad por necesidad de reubicación para poder entregarlas en ese lugar, pero no encontramos nada. También pensamos que por ahí nos convenía comprar un auto. El trámite es fácil y los precios no son tan caros, pero nos asustaba un poco agarrar un auto recién llegadas sin conocer el país ni estar acostumbradas a manejar por la izquierda (¡gran cambio!), y además hacer una compra tan importante sin tener aún un trabajo no tenía mucho sentido.

Finalmente, tratamos de encontrar algún auto compartido que saliera de Perth y fuera para el norte en los días que seguían a nuestra llegada. La ruta que hacen todos los mochileros es generalmente la misma, y los puntos de interés también. Nuestro destino quedaba en el camino, con lo cual si encontrábamos gente que viajara en auto y quisiera compartir gastos, sería fácil que nos dejaran donde queríamos. 

Nos pusimos en campaña a buscar viajes en Facebook y otras plataformas, sin éxito. Un día antes de tomar el vuelo a Perth, una chica francesa se comunica conmigo. Me dice que al día siguiente ella y su grupo salen hacia el norte desde Perth, pero que sólo tienen lugar para una de nosotras. También me dice que ella quiere que vayamos las dos, pero que tiene que negociarlo con el grupo. Entre idas y vueltas, nos fuimos a dormir sin haber obtenido respuesta ni haber encontrado ningún transporte accesible que nos lleve al pueblito costero. 

Nuestro vuelo a Perth salía bien temprano, con lo cual a las 4 de la mañana ya estábamos arriba del Uber yendo al aeropuerto de Melbourne. En el camino, otro chico francés me escribe. Era del mismo grupo de la francesa de antes, y nos dice que nos aceptan a las dos, ya que la chica que se había contactado conmigo al final no va a viajar. Festejamos nuestra suerte y nos embarcamos más tranquilas en nuestro vuelo de 4 horas a través de Australia. 

Jonathan nos pasó a buscar por el aeropuerto en su van, donde luego viajarían tres personas a lo largo del roadtrip. En el hostel conocimos a todos los demás, a quienes saludamos mientras preparaban ya el equipaje del segundo auto, una 4×4. Éramos 7 en total, distribuídos en dos vehículos. Sabíamos que no nos íbamos a aburrir. Y ni bien llegamos lo confirmamos cuando se armó ronda de reunión y se pusieron a discutir entre todos si incluían o no a Audrey, la francesa que se había bajado del roadtrip pero ahora quería volver a sumarse. Entre algún llanto y enojo, los dueños de los autos aceptaron una viajera más, y al rato estábamos los ocho arriba de los dos vehículos, incluída Audrey. Pasamos por un centro comercial a hacer las primeras compras de comida para todos, donde nosotras aprovechamos a comprarnos carpa y bolsa de dormir que no teníamos. El mat de yoga que habíamos comprado en Melbourne haría de colchoneta.

The Pinnacles Desert en el Parque Nacional Nambung

Arrancamos el viaje, íbamos felices. Cinco en la 4×4 y tres en la van de Jonathan. Viajamos así durante varios días, acampando al costado de la ruta o en los famosos caravan parks y campings australianos. Visitamos algunos parques naturales y playas, y a los pocos días llegamos a Coral Bay, nuestro pueblito costero de destino. 

Al día siguiente nos pusimos en campaña. Imprimimos varios curriculums (que nos salieron fortuna por novatas) y salimos a la búsqueda de un trabajo en ese lugar remoto de vacaciones veraniegas. 

Caminamos los 500 metros de calle de aquel pequeño pueblo en un par de horas, sin resultado. Cafecitos, tiendas de venta general, el mismo caravan park donde nos alojabamos, complejos un poco más grandes y hasta la panadería del lugar no mostraban gran interés en contratarnos. Todos nos decían que dejemos el curriculum por las dudas, o directamente que no estaban buscando a nadie. 

Un poco desanimadas fuimos a la playa y ahí con el celular empezamos a enviar más currículums también por internet a otros lugares de la zona. 

Cuando cruzamos el trópico de capricornio

Pasó el tiempo mientras disfrutamos el hermoso y tranquilo atardecer de Coral Bay, cuando Nadia viene corriendo exaltada diciendome que la habían llamado de uno de los lugares donde había aplicado por internet, y estaban interesados en contratarnos a las dos.

La emoción que teníamos era tremenda, se nos salía la sonrisa de la cara. Le pregunté para qué trabajo nos querían y me dijo que para un resort en una isla. WOW. Para corroborar que todo esto fuera cierto, seguro y legal, lo primero que hicimos fue localizar la oferta de trabajo online donde habíamos aplicado y empezar a investigar. Este lugar existía, era un complejo vacacional en una isla al norte de Western Australia,a varias horas de donde nos encontrábamos. Al mismo tiempo, mandaron las condiciones generales del contrato por mensaje de texto primero, luego más detalladas por email.

Nos detuvimos a pensarlo bien. Si bien habíamos hecho la tarea de informarnos antes de llegar a Australia, no teníamos idea de salarios, tipos de contratos ni costo de vida en esa zona. Consultamos con nuestros ahora amigos franceses y obtuvimos opiniones diferentes. Algunos decían que era un buen trabajo, otros que no era suficiente paga. La verdad que el trabajo parecía de sueños, lo cual nos hacía desconfiar un poco (¿cómo puede ser tan perfecto?). La descripción de las tareas explicaba que debíamos trabajar como housekeepers, en la cocina, en mantenimiento, y otros, básicamente haciendo lo que fuera necesario, lo que ellos llaman un puesto allrounder. También decía que íbamos a estar en una isla reserva natural, rodeado de naturaleza, con posibilidad de hacer snorkeling, kayak y recorrer las playas en nuestro tiempo libre. 

Creo que estuvimos un día debatiendo si aceptar o no la propuesta. Nos fijamos las posibilidades de transporte hacia allá (quedaba a aproximadamente 500 km), y nos llevaba el mismo bus que salía de Perth y pasaba por varios lugares, hasta dejarnos en Onslow, el pueblo desde donde se tomaba el barco hacia a la isla. 

Aceptamos. Era nuestra oportunidad. En el peor de los casos si no nos gustaba nos podíamos ir.

Nuestra travesía continuó un par de días junto con nuestros amigos franceses, hasta que recibimos la confirmación de nuestra admisión (yey!) de parte del manager en un lugar insólito. 

Estábamos haciendo un trekking en el Parque Nacional Cape Range. Hacía un día entero que no teníamos señal en nuestros celulares, cuando en la cima de una formación rocosa, a Nadia le entra una llamada de Chris, nuestro futuro jefe. Nos preguntó cuándo podíamos llegar y nos dió las instrucciones para hacerlo. Alguien estaría esperándonos en el cruce de rutas, donde nos dejaba el colectivo, en el medio de la nada. Saltamos de felicidad y cuando volvimos al campamento nos pusimos en marcha con los preparativos para irnos. El colectivo salía al día siguiente desde Exmouth. 

Llegamos a la parada con bastante anticipación, y nos despedimos de todos entre fotos y abrazos, hasta que llegó el bus. Ni bien pusimos un pie en el colectivo, la señora chofer nos preguntó si nos esperaba alguien en nuestro destino, porque llegaríamos de noche y no había nada a unos 80 km a la redonda. Respondimos que sí, y por dentro rezamos al Dios de los canguros que así fuera. Y por suerte así lo fue. 

Un señor tatuado con barba nos esperaba en una camioneta para llevarnos a nuestras habitaciones temporarias. Ahí nos quedaríamos una noche, hasta que nos vinieran a buscar en barco para ir a la isla. Después de dormir una semana sobre nuestras finas colchonetas de yoga, nos encontramos con una cama king size, donde hubieran entrado dos carpas enteras, junto a una cocina completa y baño con lavarropas. Nunca disfruté tanto de una ducha caliente y un colchón. 

A la mañana siguiente nos ofrecieron un desayuno a elección en el moderno restaurant del complejo, frente al mar, mientras esperábamos que nos pasaran a buscar para embarcarnos a la pequeña isla, nuestro futuro hogar. 

A la tarde finalmente cargamos todo nuestro equipaje en la pequeña embarcación y ya bastante más tranquilas y descansadas, nos dejamos mecer por las olas del mar, mientras pensábamos que todo eso era una locura. Hacía sólo dos semanas que habíamos llegado a Australia y ya teníamos un trabajo, y en una isla, además de haber recorrido Melbourne, cruzar el país, viajar acampando con otras 6 personas y ver paisajes, animales y una cultura totalmente nueva.

Llegando a la isla vimos una tortuga, y nos recibieron nuestros nuevos compañeros de trabajo, que más adelante serían como nuestra familia. Todo no fue como esperábamos, sino mucho mejor.

La felicidad rumbo a la isla

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