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Cómo llegué a la hermosa Bali

Luego de 355 días en Australia, tomé la decision de partir. Mi visa se vencía, yo estaba hacía un mes en Cairns tratando de ver para dónde ir y sabía que no quería seguir trabajando en Australia, al menos por el momento. No fue una decisión fácil, ya que iba contra mis planes, pero la tomé. Me voy al sudeste asiático, me dije.

Aún después de haber vivido ese año en Australia y haberme desenvuelto prácticamente sola, mis miedos seguían ahí. Desembarcar en un país de Asia sin compañía, no me hacía mucha gracia. Nunca había estado ahí. Sabía que no todos hablaban inglés, con lo cual yo no iba a poder comunicarme con facilidad. Era una cultura nueva y totalmente diferente a lo que conocía, y luego de un año en la tierra de los canguros me había acostumbrado a la comodidad y seguridad del país.

“Bali es lo más parecido a Australia” comentó alguien del hostel al pasar. La frase quedó resonando en mi cabeza hasta que me decidí a encarar la isla. Después de todo, por algún lado tenía que empezar y Bali en Indonesia no me parecía nada mal. Vayamos a lo seguro, Clari.

Mi vuelo salió desde Darwin el 27 de junio, rumbo a Singapur, donde haría una pequeña escala antes de llegar a Denpasar, la ciudad más grande de Bali. En ese pequeño trayecto experimenté una paz y tranquilidad que nunca antes había sentido. Si bien mi estadía en Darwin había influído (eso queda para otro relato), dejar lo que denominaba seguro por una nueva aventura me daba una sensación de libertad increíble. En un rincón del aeropuerto Changi saqué mi cuaderno y escribí:

Me es imposible explicar lo que siento en este momento. Tengo ganas de llorar, siento que voy a explotar de todo lo que me pasa adentro: felicidad, miedo, paz, entendimiento, TODO. Estoy dejando algo atrás, algo super fuerte que me acompañó toda mi vida. No sé bien qué es en este momento, tampoco me importa. Lo que sí me importa es esta paz que siento al conectar con todas estas emociones. Es hermoso.

7.25 pm mi vuelo de Jetstar aterrizó en la pequeña isla de Indonesia. Con miedo y siguiendo consejos de amigos a rajatabla, tomé mi mochila de la cinta transportadora y me dispuse a pedir un Goyek (el Uber indonesio) para ir a mi hostel. Cambié algunos dólares ahí mismo para tener efectivo, y me dirigí a la salida. Lo que ví me impactó.

En lugar de lo que yo esperaba encontrar (seguro por prejuicios e ignorancia), un viejo y arruinado aeropuerto, ví una arquitectura bellísima que no conocía (observaciones heredadas de papá y mamá arquitectos). Si bien la estructura del edificio era moderna, se podía ver afuera un muro de ladrillos del cual sobresalía una entrada principal, con un delicado tallado balinés en blanco, formando la típica pirámide de los templos hinduistas.

Dentro del edificio también había pequeños altares, llenos de coloridas flores que rodeaban al dios Siwa, y al salir lo primero que observé fue un pequeño pero hermoso jardín, también decorado con diferentes esculturas. Me fascinó. Era tan diferente a lo que conocía y esperaba de Bali, que en un instante supe que mi decisión había sido la correcta.

Puerta en las calles de Ubud

Esa fascinación continuó durante el trayecto en taxi hasta a Canggu, lugar donde me iba a quedar los próximos días. La especie de avenida por donde ibamos estaba cargada de autos y motos. A cada lado veía pasar negocios enormes y centros comerciales que exhibían los típicos carteles de McDonalds, Burger King y outlets inmensos de Billabong, Rip Curl y todas las marcas bien surferas.

Después de la tranquila y prolija ciudad australiana, esto me parecía un hermoso barullo de luces, ruidos y olores. Me llevó a pensar en mi lejana Argentina. Al entrar por las calles más pequeñas, mi sorpresa aumentaba. El tráfico no disminuía y no entendía cómo podía ocurrir tanto ir y venir en esas calles rodeadas de casas y pequeñas construcciones, sin lugar para un metro de vereda.

En las callecitas por donde apenas con suerte entraban dos autos, la gente también caminaba al costado de la calle con cientos de motos que les rozaban los pelos del brazo. Muchas veces los grandes taxis debían frenar a un costado o retroceder un poco para que el auto que venía en sentido contrario pudiera pasar. Eso sí, en el caos había una ley conocida por todos, gracias a la cual los accidentes no ocurrían. Todos estaban implícitamente de acuerdo, salvo algunos turistas, claramente. Luego de vivir cuatro meses en Bali, siempre los únicos heridos que encontré fueron todos visitantes. Y fueron bastantes.

Durante todo el trayecto, el chofer no paró de charlar. Me preguntaba qué música me gustaba y ponía algo de Bob Marley mientras me contaba que él era instructor de buceo y que me podía llevar a los mejores fondos marinos para aprender la materia. Según él, tenía varios contactos en diferentes lugares, y me podía conseguir un descuento si lo contrataba. No importaba lo que yo quería hacer, él conocía a alguien.

Al final del viaje, cuando me dejó en la puerta del hostel, me pasó su número por las dudas. Unos minutos más tarde le escribí agradeciendo la información y su buena onda y predisposición. Claro, aún no sabía que estaba en un país dónde los precios los podés rebajar a la mitad, y un cliente extranjero es oro puro para cualquier balinés negociante.

En el hostel, me recibió un chico muy rubio, de pelo largo y rulos. Tenía ojos celestes y sus pestañas y cejas también eran rubias. Claramente indonesio no era. Estaba en cuero por el calor y se le podían ver varios tatuajes que adornaban todo su cuerpo junto con algunas cadenas que tenía en el cuello y muñecas. Se presentó como un voluntario del hostel y me llevó a la habitación, que compartía con él y otros chicos más.

Yo era la única mujer. Tímidamente acomodé un poco mis cosas y le pregunté dónde podía comprar algo para comer, estaba muerta de hambre. No sé si fue de buena onda o para hacer buena letra sus primeros días de voluntariado, pero me llevó en su moto hasta un restaurant muy pomposo para lo que yo venía acostumbrada. Me dejó ahí y se fue. No me animé a pedirle que parara en algún Warung (restaurant local) que nos cruzamos en el camino, una lástima. Esa noche comería la milanesa de pollo con ensalada más cara que probé en Bali.

Aquella noche dormí como un bebé. Ya estaba ahí. Ya había superado el miedo de “la primera vez” cuando la paz invadió mi cuerpo, junto con un cansancio que disfruté plenamente. Si bien no tenía la menor idea de lo que haría a partir del día siguiente, me sentía fuerte y orgullosa. No importaba lo que haría mañana, total, ya había pasado la prueba que yo creía más difícil.

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