Hablando de la libertad

Los viajes son una brutalidad. Le obligan a uno a confiar en extraños y a perder de vista toda la comodidad familiar de la casa y los amigos. Se está en continuo desequilibrio. Nada le pertenece a uno salvo las cosas esenciales: el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo y todo tiende hacia lo eterno o a lo que imaginábamos de eternidad.

Cesare Pavese

Desde antes de respirar llevo los viajes en mi sangre. Tres meses antes de nacer tomé mi primer vuelo, y quién iba a decir que sería algo que seguiría haciendo a lo largo de mi vida. 

Pero no, no viajo porque me divierte, o porque me gusta estar tirada panza arriba en una playa, o salir de fiesta. Viajo porque es prácticamente una necesidad vital para mí. Viajar es algo que me define, me moldea, a la vez que me libera y me hace quien soy. Viajo para conocerme, para crecer, para transformarme, para evolucionar, para amarme y poder amar.

No hay momento que me sienta más libre que en un pedazo de mundo nuevo, una nueva tierra para explorar que me invita y me exije ser mi yo más transparente y auténtico.

Toda mi vida está marcada por pequeñas o grandes travesías a diferentes partes del mundo. Y en cada lugar, cada persona, cada paisaje, cada emoción, una parte de mí me deja para dar espacio a su nueva versión.

Cuando vuelva ya no seré la misma, aunque ni yo me dé cuenta. Mientras pasen los años recordaré ese momento único con una especie de nostalgia. Nostalgia que no significa más que la libertad de ser uno mismo y dejarse guiar por la energía de la vida, sin prejuicios, sin preconceptos, sin pretenciones de querer ser alguien que no somos. Nostalgia de haber abandonado una máscara que nos acompañó durante toda la vida, y ya no lo hará.